“El Agua vale más que el oro”, una frase que se escuchó mucho a lo largo de
todas las exposiciones realizadas por jóvenes de Bolivia, Perú, Chile y
Argentina en el V Congreso Internacional de Jóvenes en Defensa del Agua y el
Medio Ambiente desarrollado del 17 al 21 de enero en Cochabamba, Bolivia.
Podríamos
decir que es un buen slogan en contra de la mega minería pero encierra en su
simpleza algo más. Vincula la eco-nomía con la eco-logía (ambas palabras de
raíz griega oikos = casa). Cuestiona la forma en que la economía administra
nuestra casa, nuestro planeta, considerando al agua como un recurso y no como
un bien público global, como un elemento vivo, una entidad necesaria para la
vida de todos y todas. Es un planteo algo filosófico pero pertinente en un
momento de crisis civilizatoria, de revisión de los modos de ser y de hacer en
el mundo y que enmarcan las discusiones en torno a la justicia ambiental. El
Congreso de Jóvenes Ambientalistas lo dejó claro en una de sus conclusiones: “Es
necesario cambiar el modelo de desarrollo predominante de nuestras sociedades
para convivir en armonía con las bondades de la madre tierra”. El camino no es fácil de encontrar pero hay
muchas lecciones aprendidas a lo largo de estos siglos en que la modernidad en
su carrera, ha acelerado el deterioro del planeta y de las comunidades que
viven en él. Puntualmente, la minería y la mega minería (2 cosas bien diferentes)
son temas que estuvieron como hilo conductor de los trabajos realizados
por organizaciones de los países andinos de Bolivia y Perú. También, la
delegación chilena presentó el trabajo de las iglesias y organizaciones en
torno a Pascualama, el emprendimiento binacional con Argentina de la mega
minera canadiense Barrick. Los más de 20 casos en ciudades como Oruro, Potosí, La Paz, Lima, Huaylas, Vallenar,
etc. dejaron en claro que las actividades extractivas generan los mismos y
devastadores efectos en cualquier región americana. Pertinente en este momento
en que en Argentina la cuestión minera de Famatina está causando, enhorabuena,
el despertar de conciencias.
Es
comprobable que la actividad minera produce impactos negativos sobre el aire y
el suelo y se vincula muy fuertemente con las condiciones de pobreza de las
comunidades que viven alrededor de estos emprendimientos y que ven contaminadas
las fuentes de agua para uso doméstico y productivo. El tema no es simple
porque la pobreza y la injusticia ambiental van de la mano. Pero, las
experiencias demostraron que es fundamental lograr la articulación de estas
comunidades directamente afectadas con organizaciones y movimientos más amplios
que en las ciudades puedan ejercer presión, hacer incidencia e informar a la
opinión pública acerca de la complejidad de estos temas. Economía y ecología se
ven imbricadas de manera antagónica cuando las leyes de protección no se
cumplen, cuando las transnacionales compran voluntades y destruyen montañas y
cursos de agua dejando ínfimos dineros para los principales afectados. ¿Qué
responsabilidad tenemos quienes vivimos en las ciudades y para quienes el agua
es simplemente lo que sale de una canilla? O cómo escuche decir a alguien por
la radio: “A mi Famatina no me toca en nada”. ¿Pues acaso no sabemos que un
pequeño anillo de oro significa destruir 3 toneladas de suelo y generar 18
toneladas de residuos tóxicos en el proceso?
El desafío
es informarse, formarse para decidir, para accionar, para cambiar la manera ingenua,
pueril en la que vivimos y consumimos todos los días. No estamos solos, hay
muchos jóvenes en nuestros países investigando, formándose, articulándose para
liderar este tiempo de redefiniciones en el modelo de desarrollo de nuestras
sociedades.
Les dejo
este VIDEO realizado en Perú para Copenhague 2009 y presentado en el V
Congreso.
