lunes, 27 de junio de 2011

Organizaciones y Justicia Climática


Gentileza de Prensa de Frente
Veamos esta noticia emitida por la BBC de Londres: “Las emisiones de gases de efecto invernadero en 2010 fueron las mayores de la historia, lo que reduce las esperanzas de controlar el calentamiento global, asegura la Agencia Internacional de Energía. La AIE estima que las emisiones en 2010 subieron a un récord de 30,6”.
Además de una lejana preocupación lo que esto evidencia es que no es mucho lo que ha cambiado a nivel de las cumbres por cambio climático pues los tratados y sus negociaciones no han logrado un compromiso internacional efectivo, Kyoto es un ejemplo de ello.
La pregunta que surge es ¿por qué la cuestión climática, ecológica nos resulta tan lejana para abordar? En general la vemos tematizada en las Conferencias Mundiales en donde los líderes se reúnen y como vemos, mucho no han podido hacer. Pero, la cuestión del cambio climático ha dejado de ser un tema exclusivo de organizaciones ambientalistas o de sectores técnico – científicos para pasar a ser una problemática nodal asociada al modelo de desarrollo que rige nuestras sociedades. En este sentido, ahora el desafío no es científico o tecnológico sino que es político y es en ese marco que el escenario Latinoamericano trae sus imperativos.
En primer término, la Conferencia de Naciones Unidas para el Desarrollo Sustentable conocida como Río + 20 se desarrollará en junio de 2012 en Brasil. ¿En dónde nos encuentra como región y como organizaciones del movimiento ecuménico y de la sociedad civil? Si el espacio de gobernanza es difuso, ¿cómo adquirirlo, cómo formarse para ejercerlo? ¿Cómo lograr que las organizaciones intervengan como ciudadanía politizada y en acción en lo que concierne a la justicia climática?
Río + 20 revisará los progresos en las metas planteadas en la cumbre anterior y buscará renovar el compromiso de los líderes mundiales con estos temas pero también intentará imponer un nuevo modelo, la llamada economía verde. Interesante recordar que la gran Conferencia de Río 92 se dio en un contexto Latinoamericano de hegemonía del neoliberalismo. 20 años después, Latinoamérica se encuentra en un proceso de reconstrucción regional que se asienta en políticas de desarrollo de las economías nacionales recuperando el rol activo del Estado como garante de la inclusión social. Hoy, por suerte, a nadie se le ocurriría defender un esquema de Estado mínimo. Pero, no hay que perder de vista que el modelo económico sustancialmente es el mismo: extractivo y agroexportador. Soja en el Cono Sur, minería en los países andinos, petróleo, son las principales cosas que extraemos hoy, a diferencia (o no tanta) de otros siglos. Todas actividades muy nocivas para el ambiente, la diversidad y las personas que han sido desplazadas y contaminadas por estas actividades. Por otra parte, todo está sustentado en un modelo de consumo extendido, poco cuestionado y al que todos, sin excepciones visibles abrazamos. A este ritmo, necesitamos casi un planeta y medio (1.4 según este informe http://goo.gl/EDW10).
Un último punto, en este esquema de gobernanza climática internacional hay una presencia/ausencia difusa: la ciudadanía organizada. Todo el conglomerado de organizaciones sociales, movimientos, ONGs, iglesias y entidades ecuménicas que trabajan con los afectados directamente por las políticas que por acción u omisión generan los mayores daños. Esta falta de efectividad del sistema de gobernanza internacional en temas de justicia climática lleva como imperativo implícito el generar propuestas para incentivar la acción colectiva. En este punto, espacios como el Foro Social de las Américas están trabajando en nuevos enfoques. En su cuarta edición declaró: “Los movimientos sociales estamos ante una ocasión histórica para desarrollar iniciativas de emancipación a escala internacional. Sólo las luchas de nuestros pueblos van a permitirnos avanzar hacia el yby marane’y (tierra sin mal) y hacer realidad el tekoporâ (buen vivir). Nos comprometemos a reforzar la lucha por la soberanía de nuestros pueblos, la soberanía alimentaria, la soberanía energética y la soberanía de las mujeres sobre sus cuerpos y su vida y por el reconocimiento de la diversidad sexual. Construimos alternativas que parten de los acumulados en las resistencias desde la interrelación de diversas perspectivas anticapitalistas, antipatriarcales, anticoloniales y antiracistas, al mismo tiempo que avanzamos en la búsqueda de otro paradigma centrado en la igualdad, el buen vivir, la soberanía y la integración fundamentada en el principio de la solidaridad entre los pueblos.”  
Estemos atentos y trabajando para construir otro desarrollo más integral, más armónico y más justo.  

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