viernes, 16 de septiembre de 2011

¿1914?

Hace unos días escuchamos por radio esta historia:
“Usted no me conoce, doctor. Pero soy de las tantas jovencitas que salvó de las garras del hampa. Me trajeron adolescente de Varsovia, engañada, creyendo que me ponía a servir en casa de familia honesta, que me daría educación. Y caí… no se imagina, doctor, lo que pasé, me golpearon, me encerraron, me hicieron prostituta…estaba vencida, entregada, no conocía a nadie, a quien acudir, (…) pero se levantó su voz y los explotadores se acobardaron, tenían miedo de usted, de esa ley que había conseguido, la Ley Palacios como después la llamaría el pueblo (…) Usted doctor, salvó a una joven inocente….Cuántas como yo se han salvado. A usted le debo todo, gracias, muchas gracias”.
Esta carta fue un testimonio que recibiera el histórico Diputado Socialista Alfredo Palacios en agradecimiento a la creación y posterior sanción en 1913 de la Ley 9.143 contra la explotación sexual, más conocida por ese entonces como la Ley Palacios. La lamentable vigencia de este relato es lo que nos llamó la atención y lo que nos motiva a preguntarnos por las raíces históricas de esta problemática que afecta principalmente a mujeres, niñas y niños en todo el mundo. Gracias a la acción de grupos de mujeres, organizaciones y también instancias del Estado que han trabajado intensamente en Argentina en estas últimas décadas, es que podemos ver la vinculación que existe entre la Trata de personas y la Violencia de Género. Al abordar las cuestiones de género no debemos perder de vista que son construcciones sociales marcadas por el machismo, por el patriarcado que se han naturalizado fuertemente en la sociedad y se han incrustado con violencia en los cuerpos de las mujeres y niñas/os víctimas.  Hay una permanente relación entre violencia y trata, entre esa construcción social que habilita y consiente prácticas violentas que al radicalizarse coloca a los cuerpos de las mujeres (no cualquier cuerpo) en el lugar de la mercancía.  Lo que parece abyecto, impensable trae nuevamente las preguntas: ¿Qué habilita a los padres, hermanos, hijos, amigos de nuestra sociedad a “consumir” esos cuerpos y almas violentadas? ¿Qué mecanismos reproducen ese ejercicio de poder de un cuerpo sobre otro? ¿Por qué una víctima de las redes de trata y tráfico sigue siendo presa de una metodología de la violencia exactamente igual a la de 100 años atrás?    
El tema es difícil y complejo. Algunas combinaciones acuden para explicar: el consumo que nos define como sujetos y atraviesa nuestras relaciones, la indignidad de la pobreza, los medios de comunicación que instalados en nuestras casas solidifican los lugares comunes y banalizan la violencia por acción y por omisión. Estos elementos parecen generales, hasta lejanos. Pero si miramos con atención es el oxígeno del aire denso que respiramos.

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